domingo, 12 de agosto de 2012
animal carnívoro
El domingo se extiende como un animal carnívoro a punto de destrozar a su presa. Brutal, interminable. Todos los caminos conducen a ningún lado. Todos los latidos se sienten en lo profundo. Cabalgar sobre nuestras asperezas para no ver la lenta solicitud de lo dado. ¿Somos del tiempo? Las palabras, como este domingo voraz, se pierden en la incertidumbre del susurro.
lunes, 2 de julio de 2012
El árbol de tilo
Con mi primer sueldo le compré un árbol de tilo a mi mamá. Mi papá lo plantó en el campo. Me acuerdo que me costó ochenta pesos, era flaquito, con dos ramitas y algunas hojas. Era primavera y lo subimos en la caja de la camioneta de mi vieja. De eso ya pasaron casi cuatro años. Hace cuatro años que trabajo en la docencia, que día a día me paro enfrente de un curso e intento enseñar lo que no sé, eso que se llama Prácticas del Lenguaje para los diseños curriculares.
A veces me siento raro, no entiendo qué fue lo que me hizo sentirme bien al estar al frente de una clase, con la responsabilidad que eso conlleva. Hay veces que pido demasiado y otras en las que no estoy tan exigente. Lo que pasa en cada curso es maravilloso, es alquimia pura. Hoy un alumno me abrazó y me dijo que no quería que me vaya, se hizo, en joda, el que lloraba. Me reí mucho. El alumno se llama Cristian y es el segundo año que lo tengo, lo tuve hace cuatro años, en mi primera suplencia. El pasado siempre vuelve y es impresionante reencontrarse con ciertos pibes, cruzarlos en la calle.
Hace unas semanas me crucé con una alumna que ahora es mamá. Yo me iba para Capital, esperaba el colectivo en Belgrano y Mitre, todavía no hacía frío, así que debe haber sido en abril. Me contó que tuvo un bebé sietemesino, que lo tenían en la incubadora. Me acordé que se puso de novio, el año que yo la tuve, con un chico del curso, el Pocho. Yo quería que el Pocho termine el colegio y que escriba, que sea escritor, el también quería. Le gustaba el periodismo, le gustaba escribir desde su experiencia, hablaba de los jóvenes y cómo se los criminalizaba con una coherencia que daba miedo al militante mas entrenado.
Esas cosas pienso ahora, que vuelvo cansado, que enciendo la compu después de un día de trabajo.
jueves, 21 de junio de 2012
Entre la hipérbola y el hipervínculo el Libro de Sombras de Mariano Massone, algo que no se vuelve dibujo y que, sin embargo, todo el tiempo se está dibujando, desdibujándose.
Por Romina Freschi
Me causa un poco de gracia venir aquí a hablar de un libro en
el que tengo, entre otros, el rol de personaje.
Aparezco allí con nombre y apellido, y en cierta medida, se me adjudica
también, voz y autoría. Estar aquí entonces me pone en un lugar no extraño pero
sí demasiado al descubierto, me pone en el lugar de lo obvio, ya que estoy
puesta aquí para representarme a mí misma, sea lo que sea que eso significa.
Como cierta clase de programa o una aplicación, corre
entonces la representación aquí. Y llegado este punto, es en cierta medida,
también un alivio. Puedo habilitar algún grado de “suspensión” de mis otras
facetas suponiendo que sé exactamente cuáles son ellas, y dejar correr esta aplicación
aquí, un self digital, ser “La”
Romina Freschi, como leí por ahí en Facebook, que es también una aplicación.
Igual nada de esto es extraño tampoco a la hora de hablar del
libro de sombras, o de Mariano Massone, su personaje principal y el autor, mi
alumno, mi amigo, mi hijo, mi colaborador, un plebello, y, como se lee en la solapa, poeta, ensayista,
brujo, pampeano y saltimbanqui, más todas los programas o sombras que le
conocemos, le adjudicamos y las que no.
Digo, no es extraña la representación. Primero pienso en las
sombras chinescas. El teatro de la vida y la sombra de lo que es Oriente aquí
en el Sur, y una serie de papeles asignados a partes del cuerpo en el teatro de
sombras, a partes del cuerpo y de la psiquis en el teatro de la vida, o partes
del papel mismo en el pliegue de un origami.
Como un breviario entonces de guiones o protocolos de la vida
moderna, aparecen y desaparecen los roles en esa especie de diario de hace más
o menos un año y que se halla además cruzado por un río interior. El diario
comienza justamente el 14 de mayo, día de cumpleaños de mi perro John Lennon, y
apenas pasada una quincena de la noche de Walpurgis y del día del trabajador. Más
o menos como hoy pero hace un año.
Por un lado entonces, la suspensión del poeta y su voz
propia, por otro lado el narrador repleto de voces.
Tantas voces hacen un libro mudo – esa imagen en la tapa
- y un libro de sombras – que es también
otra clase de representación, un libro de dibujos – otra vez el mutus liber en
La Rochelle, pero también, la idea gráfica de la representación, y su base: la
perspectiva: dos líneas paralelas que se unen en el infinito, como la ciencia y
la religión se unen en la alquimia, y como el plano hiperbólico del universo
puede comprimirse en el interior de un círculo.
Es aquí donde evidentemente me represento a mí misma, leyendo
este libro de sombras de Mariano como si se tratara de un hiperredondel, de los
míos.
Pero también se puede leer como uno de los grabados en madera
de M.C. Escher, (Maurits Cornelius aunque estoy tentada de llamarlo Em Ci
Escher). El grabado se llama Límite Circular I.
No es tan conocido como el de las manos que se dibujan unas a otras, y
que en este libro también nos sirve mucho para leer el entramado de voces y de
las imágenes.
De mucha de la obra de M. C. Escher se dice que representa el
pensamiento matemático moderno, y dentro de él la geometría hiperbólica. Límite
Circular I es básicamente un redondel, je,
y en él vemos una infinidad de peces que parecen apretarse a medida que
se acercan a la frontera del círculo que las contiene. Los peces están
dibujados en blanco y negro con ojos del color opuesto, como en el ying y el
yang, solo que los peces tienen formas angulares, a no ser por los ojos que son
redondos.
Dice Roger Penrose en relación a esta imagen:
Imagínese que usted es
uno de los peces. Entonces, ya esté situado próximo al borde de la imagen de
Escher o próximo a su centro, el universo (hiperbólico) entero tendrá la misma
apariencia para usted. La noción de “distancia” en esta geometría no coincide
con la del plano euclídeo en cuyos términos ha sido representada. Cuando
miramos la imagen de Escher desde nuestra perspectiva euclídea, los peces
próximos a la frontera parecen hacérsenos minúsculos. Pero desde su propia
perspectiva “hiperbólica”, los peces blancos o negros piensan que tienen
exactamente la misma forma y tamaño que los que están próximos al centro. Más
aún, aunque desde nuestra perspectiva euclideana exterior ellos parecen
acercarse cada vez más a la propia frontera, desde su propia perspectiva
hiperbólica dicha frontera siempre queda infinitamente lejos. Ni el círculo
frontera ni nada del espacio “euclídeo” exterior tiene existencia para ellos.
Su universo entero consiste en lo que para nosotros parece estar estrictamente
dentro del círculo.
Dice Mariano Massone en el Libro de Sombras
El ojo que antes
miraba de un modo, hoy es una esfera. Volviéndose sobre sí mismo es
espectador de un tiempo que no es repetible, de un ojo
que no es repetible (mirada tornasolada que
subleva el espacio)
y otra vez, la voz que se escucha no es mía.
La voz se vuelve candor, se despliega de mí
como si fuese un pez que vive en mi estomago y que
sólo se puede descifrar bajando a mi profundidad
por una roldana y un balde: Aljibe que hay en mí,
que contiene a un pez que habla por mí.
(Pez halado a mí…)
Un círculo el ojo, el estómago, el aljibe y el balde. Todo el
cuerpo una vejiga de pez donde también puede vivir el pez. Un círculo es
también lo que contiene la estrella de 5 puntas de múltiples significados
esotéricos y matemáticos, y que Mariano elige para representar su primer
diagrama sobre Maestro y Margarita de Bulgakov, otro de los polos del sistema
de lecturas que es también el libro de sombras.
He aquí lo hiperbólico, en el espacio de la curva del libro,
en el semicírculo que abanica al abrirlo, la generatriz de un sistema de
lecturas. Literarias y no. Solo literarias en la medida en que hoy las leemos
en el libro de sombras. Ejemplo de esto es cuando leo mi nombre en el libro, yo
sé que existo fuera de él, y al mismo tiempo, comparto esas reminiscencias,
como se puede compartir una lectura, una visión, una perspectiva. Ahí la hiper
bola, una pelota, otro redondel.
¿Acaso mirarán por la
mirilla estos animales, que / en su inteligencia, se nos escapan? Así como peces hiperbólicos vistos
desde una perspectiva euclideana, o como un matemático fuera del círculo visto
por los peces hiperbólicos dentro del círculo, así a veces parecen verse
algunas de las puntas de este libro. Su proliferación y su modo de arrimar el pensamiento al sentimiento
ponen en cuestión la distancia.
Si al principio lo que era Suspensión no parece tener nada
que ver con el ritmo hiperkinético del diario, al final del libro no sabemos
cómo hacer para separarlos el uno del otro. No
hay suelo, repite el texto. La grieta
también conecta lo desconectado.
Así las superficies, y el espacio (la calle o el espacio
cósmico) solo requieren ser atravesados. No hay otra clave para la experiencia,
o para la experienciación, palabra
diseñada por Mariano. No hay otro modo de leer ni de vivir más que atravesar, y
el atravesar implica de por sí lo transitorio. El tránsito, lo trans. Hoy que
tenemos ley de identidad de género, lo real es que todos somos trans. ¿Cómo
vivir de otro modo el apasionamiento? En lo trans es donde transcurrimos, y
armamos secuencia, vida, amistad, bola, nos damos bola.
Cito a Mariano, pero en El
cuchillo de Abraham.
Esta transferencia es
infinita e indefinida. No hay límites para lo trans. Lo trans persiste ante la
masacre de las coagulaciones. Es que en el tránsito, en la transfiguración
translucida, en la transmutación los elementos del lenguaje van desarticulando
aquello que no muestra el Verbo. Sólo hay muestra y, en el fondo, hay fondo
pero sin forma ni fondo. Ese es lo que se llama pasión: sólo se encuentra lo
que se muestra y en lo que se muestra no está. Por eso, la pasión incide en la
redención. Ninguna redención salva a nadie de nada, simplemente lo envuelve
tras otro velo, lo refugia en otro estadío.
Recuerdo cuando Mariano llegó al taller hace algunos años.
Para él son muchos, para mí no tanto, aunque cuando miro fotos me doy cuenta de
que sí ha pasado mucho tiempo, mucha agua bajo el puente, y mucho
apasionamiento en cada una de nuestras vidas. En ese momento, me pareció un
cachorro y durante años lo llamé cachorro. En estos días, mientras me preparaba
para hoy, pensé que al llamarlo cachorro lo estaba llamado un “cacho rró”. O
sea un cacho de mí.
Y sí, yo adoro a los perros, y así como soy un personaje del
libro de Mariano, John Lennon y Julia, mis perros, son personajes de mis
poemas, e incluso de poemas de amigos. Mis perros fueron y son un modo de la
maternidad. Durante mucho tiempo acariciamos con Mariano la idea de una mutua
pertenencia a través de esa relación perruna, de esa continuidad no genética,
aunque sí generativa.
Como todas las maternidades, por suerte, ésta tampoco es
lineal, sino que revierte y si bien sé que
Marian aprendió mucho de mí- porque así dicta el rol para los dictadores de
talleres y sus talleristas y para las directoras de revista y sus colaboradores-
lo cierto es que yo aprendí- y aprendo-
mucho de él. Crecemos los dos hasta ser cachorros juntos.
En esa transferencia no exenta de narcisismo se juega en gran
parte nuestro hipervínculo. Somos peces que piensan que tienen exactamente la misma forma y tamaño aunque de afuera nos
vean tan distintos.
Dice Mariano
Mi voz, espiral de
voces,
Ladra el aliento que
otros creen ilusorio.
Guau Guau!
Escrito para la presentación del Libro de Sombras, en mayo
2012
martes, 19 de junio de 2012
vida en minúscula III
Siempre me voy a acordar de ese lunes. Me levanté a las ocho, no estaba solo. Tenía que sacarme sangre para esos estudios que me hago cada tres meses. Tenía los ojos pegados, llenos de lagañas, el pelo despeinado. Me cepillé los dientes y tomé dos vasos de agua - siempre tomo algo por más que tenga que hacer ayunas. Me subí al colectivo, bajé en Gascón y Coronel Diaz. Ahí, en esa esquina, como si estuviese bailando una zamba de despedida, se perdió una parte de mí. Fumé un pucho pensando que, quizás, todos los momentos de la vida se van así de rápido.
sábado, 16 de junio de 2012
vida en minúscula II
Volver un viernes a la noche de la clínica en auto. Sentir las calles de Luján vacías. "Quizás, algún día, pase algo en esta ciudad" pienso. Manejo lento, pausado, como no queriendo llegar a mi casa. Paso por una estación de servicio y compro un chocolate. Busco algo que cambie la situación, la condición de vivir una vida silenciosa en una ciudad silenciosa. La radio canta "y es que esta es mi corteza donde el hacha golpeará". Pienso en los que se fueron, en los que están, en los que vendrán. Me siento una hormiga en el vacío inmenso de un pueblito del interior. Sueño con viajar, con irme a otra ciudad, con conocer gente nueva, con armar nuevas relaciones. Pienso en mis viejos, en mis tratamientos, en la facultad, en mi trabajo, en la gente que me quiere. Pongo en la balanza y decido qué hacer, pero postergo. Soy suspenso en un pueblo a la una de la mañana, dormido.
viernes, 15 de junio de 2012
vida en minúscula
Vuelvo de Capital a Luján a la madrugada. Llevo conmigo dos revistas Plebella 25, una biografía sobre Arthur Rimbaud, una colección Color Pastel y un regalo de Romina. No duermo en todo el viaje. Es imposible dormir. Muchas cosas. Ayer encontré puntos de contacto con algunas personas. Mónica me dijo que el problema es que Venus no está en su sitio. Lo mío es más terrenal pero le creo igual, puede ser una de tantas cosas que pasan. Miro por la ventana del colectivo y veo como me voy convirtiendo en tierra adentro, en llanura. Las casas se van haciendo cada vez más bajas hasta desaparecer por completo. No puedo leer, el colectivero apagó la luz. Cuando llego a Luján todo es desolación, un auto pasa a lo lejos, escucho el ruido. Abro la puerta de mi casa, enciendo la computadora. Nadie en ningún lado. Son las tres de la mañana y me encuentro completamente solo. El mundo duerme allá afuera.
martes, 12 de junio de 2012
Filosofía barata y zapatos de goma
Volví a escuchar un disco de mi adolescencia. Me doy cuenta de lo mucho que sangra ese disco, de lo que sangro. Miro por la ventana como esperando, pero no es eso. Me acuerdo que un lunes a la mañana te dije que me iba a ir, me llevé la carpa, la marmita y toda mi ropa. Nos despedimos con una sonrisa (esta mentira te hace feliz, quise quedarme pero me fui). No fue en la terminal y no estaba descalzo. Fue en plaza Once, a las 8 de la mañana cuando di un paso hacía la lejanía. Sin darme cuenta, quizás, estaba viéndote por última vez. ¿Por qué siento eso? "La palabra se entrecorta" dice un personaje de un cuento-poema que estoy escribiendo. Es eso. Antes de llegar a Once casi vomito en el 105. Casi saco afuera, como la noche antes, todo lo que tenía de más íntimo. El tiempo paso. Ahora estoy acá, en piyamas, de la cama al living, como otro cd de mi adolescencia. El tiempo es una herida, nací para nacer y no salir con vida - es verdad Charly, es verdad. Pensar que el último recital que fui con él vi la decadencia tuya en el escenario. Me tuve que bajar del 105 y tomarme un taxi porque sino iba a ser muy feo lo que podía llegar a pasar. Cuando llegué a Luján, me di cuenta: me había ido, me traje de una vez por todas la carpa y la marmita.
(puedo aterrizar en la oscuridad)
(puedo aterrizar en la oscuridad)
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