martes, 30 de agosto de 2011

Cian y magenta


opuestos complementarios

digo

llenas de color

y tus círculos rosas en azul cuando ves el sol

sos todo vos


imposible no recordate

en esta soledad acompañada


Bolivia es tuyo y sus colores

yo soy tuyo y mis colores


lleno de cian y magenta

estamos

inundados hasta el cuello


prefiero morirme así

lleno de colores

lunes, 29 de agosto de 2011

Carlos Jáuregui

Dos semanas de habitar lugares con mi mejor amante. Es increíble que las relaciones que parecen menos duraderas se hagan, finalmente, las más consolidadas. Podría decir que ya no creo en el amor pero de vez en cuando me mueven la estantería, se me queman los papeles y todas esas cosas que se dicen cuando uno se queda sin letra.

Me despierto un domingo cualquiera en Luján. Me acuerdo que ayer estuve todo el día con ese mejor amante. Anduvimos por una placita en el sur de Buenos Aires escuchando música. En la plaza se homenajeaba a Carlos Jáuregui y había una bandera multicolor flameando. Había gente conocida, conocida de vistas y conocida de charlas. Como siempre, prefiero el anonimato, pasar desapercibido pero mi mejor amante hacía escándalos diciéndome cosas hermosas y besándome a cada rato. Nos gustamos, creo que nos gustamos. Cuando uno está en este estado (dos años y medio de relación lo dejan a uno knock out), lo único que puede hacer es amar de una manera suave y sincera. Mi mejor amante, en cambio, vuelve todo fuegos artificiales, estallidos de emociones. ¿Quizás tengo miedo a sentir demasiado o es que me acostumbré a una frialdad de lo cotidiano? Lo cierto es que siento sobremanera cuando estoy con él, vivo como en una sensación de infinita alegría. A veces tiemblo por mi cordura, pero ¿Cuándo fui normal? Si vivo entre pastillas y psicólogos que me escuchan y me dan vuelta para acá y para allá.

Estamos en la placita, escuchando a una chica que toca la guitarra y canta canciones sobre tortas, tomamos café, bailamos y nos besamos. Hace demasiado frío para una tarde de invierno. Estamos más allá del invierno, en una zona que es la primavera en invierno, sentimos amor pero el frío nos congela. No sé cuánto durará esto…. Tiemblo por el surmenage que podría llegar a hacer el día que me deje. Al mismo tiempo, vivo emocionado. Sentir demasiado es trágico. Es muy difícil ser sutil cuando uno es pura sensibilidad desbocada….

Me río mucho, me siento conforme. Es las sensaciones que van encontrando como un lugar en mi cuerpo, me gusta este pibe, creo en este pibe, me hace temblar este pibe. Me tomo el colectivo en Once y vuelvo a Luján.

domingo, 21 de agosto de 2011

Nacional y popular

Voto y me voy para Capital. Llego, está mi mejor amante esperándome en su casa. Nos decimos cosas lindas y nos tiramos en la cama, nos besamos mucho. Él critica la familia por ser una norma heterosexista, yo lo beso y le digo que quiero formar una familia con él, “ahora se puede” lo incito Ponemos en su notebook la tv pública. Esperamos ansiosos hasta las 21 horas, es domingo de elecciones y el mundo parece ausentarse Somos nosotros dos y un sentimiento. Le pregunto cómo le fue en Tecnopolis, me cuenta que vió un espectáculo de Fuerza Bruta (escribo Fuerza Bruta pero pienso en el espectáculo Villa Villa de De la guarda, me acuerdo del 2001, yo tenía 16 años y me largué a llorar cuando entendí lo que pasaba, lo recuerdo como si fuese hoy).

Habla Cristina y mi amante repite a cada rato “es una goleadora”, nos besamos y tomamos Coca-Cola. Cogemos mientras habla Duhalde y nos reímos cuando dice que las fuerzas K son subversivas. “¿Vamos a festejar?” me dice, “Vamos a festejar” respondo.

Caminamos abrazados por Angel Gallardo, decidimos ir a Mc. Donald’s pero antes de llegar vemos una parrillita. Nos sentamos, pedimos milanesas con papas fritas y una cerveza. Nos sentamos afuera para poder fumar. Por la calle pasan los pibes de La Cámpora. El bar se llama “El angelito” y tiene banderines y remeras de Atlanta. Mi amante me dice que quiere ir a ver Atlanta y a mi me causa gracia, soy feliz. Volvemos a su departamento y dormimos.

A las 7 30 me levanta porque él se tiene que ir a laburar. “Mi coordinador progre de call centers” le digo yo entre risas. Subimos al subte lleno de gente, vamos siempre abrazados y nos besamos, nos damos besos tiernos. Se baja y termino en Belgrano, con el Tiempo Argentino y el Clarín, desayunando y haciendo análisis políticos. Le mando mensajes de amor por celular, él me responde y me cuenta lo que dice el Página 12.

martes, 16 de agosto de 2011

Amor de una noche, amor para toda la vida

Hay amores que uno sabe que van a durar para toda la vida, hay otros amores que son de una noche pero son tan intensos como la vida misma.

El sábado fui con mis viejos a Tecnópolis. Yo estaba con presión baja y angustiado, seguramente causado por mi relación fallecida hace unas semanas, y mis viejos decidieron llevarme a pasear para levantar el ánimo. Estuvimos toda la tarde entre robots kirschneristas sintiéndonos (espero que los tres, eso lo dudo) parte del proyecto nacional y popular. Vimos millones de cosas y los tres volvimos con una sonrisa de oreja a oreja.

Ni bien llego a Luján me pongo el pijama y me tiro en la cama. Le digo a mi vieja si me puede hacer unas milanesas y empiezo a pensar que podría salir a bailar a algún lado. Pienso en Zona X pero me da paja gastar tanta plata en remis y tan poco en la entrada, me parece una estafa que el remis cueste cuatro veces más que la entrada. La única salida posible es ir a Capital pero me inquieta lo de ir solo. No es que tenga miedo, pero en el estado en el que estaba ayer. Prefería ir con un grupo de gente que me pueda contener ante cualquier eventualidad… uno nunca sabe. Angustiado, me tiro en la cama y entro al mail. Encuentro en el Google talk a mi lector principal, ese que sin conocerme lee todos los cuentos que escribo a medida que los voy escribiendo, lo siento mi confidente y me gusta él. Me hace sentir cosas lindas, en las fotos tiene una sonrisa limpia y unos ojos brillantes que me llaman la atención, como si fuese un niño grande. Charlamos un rato y al toque me invita a salir en Capital, él es de allá. Miro la hora 22:30… tengo que salir corriendo para agarrar el colectivo de las Once. Me visto como puedo y salgo, llego a la parada y justo el colectivo se estaba yendo, pido un remis y le digo que me lleve a la terminal…. Por suerte, llegué. Le mando un mensaje que se quede tranquilo, que llego a la una de la mañana como planeábamos.

En el colectivo duermo todo el viaje, tenía sueño. Me despierto justo cuando el colectivo baja de la General Paz y le mando un mensaje de texto: “en 20 estoy”. No estoy nervioso. Tres semanas hace que estamos chateando y ya lo siento como alguien íntimo. Es el primero que lee los cuentos, me acompañó toda una semana que lo único que hacía era chatear, fumar y tomar mates desde la cama. Pienso que no debe ser tan malo. Pero el resultado era mejor de lo que esperaba. Un pibe lindo, con una camperita Adidas y unas ponys rojas, un pibe de barrio, de esos pibes que decís: “vamos a tomar una birra a la cantina y a jugar un pool” y acepta. Esos pibes que no tienen problema con que eructes, que no tienen drama si se te caen las migas. La noche se dio perfecta y no quiero contar más detalles. Lo único que pienso contar es una charla que tuvimos toda la noche sobre si nuestro amor era de una noche o para toda la vida. Yo no lo sé. Ahora, de nuevo en la cama, con mate y puchos puedo decir que lo extraño y que espero un mensaje de texto de él.

lunes, 15 de agosto de 2011

Las pústulas

Me despierto y me tomo un ibuprofeno, la garganta no me da más de tanto cigarrillo y frío, las piernas me tiemblan. Es sábado a la mañana y me doy cuenta que prefiero estar solo, me doy cuenta que preferí estar solo.

El viernes a la tarde fui a tomar un café con unas amigas a Capital, me tome el bendito 57 y nos encontramos en Caballito. Paseamos y compramos ropa. Yo no compré nada pero ayudé a mis amigas a comprarse sus cositas en locales tan careros como AY NOT DEAD, esa ropa que nunca podré tener y que gusta tanto, que es tan moderna.

Nos sentamos en un bar frente al parque Rivadavia que tiene una especie de lugar en la calle para fumadores, charlamos mucho y me doy cuenta que saco a la luz todos mis miedos, mis angustias, todo lo pongo sobre la mesa como una muestra bizarra de fealdades, como esos circos norteamericanos llenos de enanos freaks y de mujeres barbudas. Ahí está todo mi arsenal de deformidades, tómenlo amigas mías, besen a mis adefesios humanos, a mis granos de pus, a mis pústulas. Como en una ducha de calamidades vuelvo sobre mis miserias más últimas, más temibles. La charla, sin embargo, no deja de ser amable, no deja de tener la lucidez de aquel que murió mil veces infestado por algún bicho.

Me voy a las siete de la tarde, ya es de noche en este viernes de invierno, tomó el 57 de nuevo y llego a mi casa. Me hago milanesas, miro tele, un dolor terrible me oprime las sienes como si esa feria anómala de mis memorias se posaría en mi sien y me apretujara hasta sangrar. Me tiro en la cama.

Son las diez de la noche y me duermo, olvidándome que a las once y media más o menos llega un chico para hacer lo mismo de siempre: comer coger dormir. Me olvido de eso, me olvido de todo. El teléfono suena hasta la una y media de la mañana y yo duermo.

Son las tres de la mañana, me despierto y veo llamadas perdidas, puteadas en el contestador, mensajes de texto mandándome a la mierda…. No siento culpa, hoy preferí la soledad. El silencio atronador de mi cuerpo con sus fealdades, la sencillez de saber que no hay retorno, que no se puede seguir viviendo una vida de putos que vienen y se van como en un corso de homosexuales.

No puedo seguir ya más ese estilo de vida, necesito bajar un cambio, reencontrarme con algo de mí que me haga sustentable al mundo. Faltan dos días para volver a trabajar, de nuevo a despertarme a la mañana para ir a los colegios y hacer como que mi vida es perfecta frente a los niños, que yo los voy a cuidar y les voy a enseñar. Pero mi vida se vuelve terriblemente atroz cuando me veo en este espejo que deforma, en este corso de putos que vienen y se van, en los recuerdos de mis adefesios, de mis mentirosas pústulas de amor y dolor. No me encuentro y sé que yo no puedo volver a ser aquel que regalaba, enamorado, un cenicero de Marilyn. Tengo que reinventarme de nuevo, desde la soledad, desde mi miseria.

viernes, 12 de agosto de 2011

El cactus que me regalaste

Hoy trasplante ese cactus que me regalaste, chiquito, comprado en la entrada del Alto Palermo.

Con una amiga fuimos a desayunar y, entre charlas sobre literatura, amores y duelos, entre café y medialunas pasamos la soledad de la mañana, que muchos no la piensan pero que es tan ardua como la de la noche. Hablamos de vos, obvio que hablamos de vos. Hablamos de todo, de ella también. Mi tema principal sos vos desde hace casi dos años y medio y lo sigue siendo.

La acompañé a comprarse un jean que tenía encargado. En el lugar vendían ropa para mujer y para hombre y también adornos para la casa (¿cuántas veces caminamos por Flores o Belgrano buscando ese florerito que te gustara, ese adornito que hacía tanto estabas buscando?), me compré una maceta con un dibujo de Lichtenstein y me imagino que si vos la vieses y yo te diría que el dibujo es de ese pintor no te importaría, vos verías algo lindo para decorar (como mis warhols en mi pieza o el cenicero Marilyn que te regale…).Compré la maceta y un cardigan azul marino Tommy Hilfiger, que si vos lo hubieses visto te hubieses enamorado, y también me acordé de la billetera que encontraste tirada en el hotel donde trabajabas y que me la regalaste, siempre y cuando la arregle. Todo el día fue para vos y, sin embargo, estaba con mi amiga y feliz.

Ella me dijo que sufría de duelo eterno, yo la ironicé y le dije que los dos nos íbamos a hacer una remera que diga “sufro de duelo eterno”. Después hablamos de la ropa negra de la presidenta y también nos reímos mucho (de la desgracia propia y ajena). Así vamos, a tientas, como podemos. Cuando se despidió de mí, mi amiga me dice: “creía que ibas a estar más angustiado”. Me quedé sin palabras.

martes, 9 de agosto de 2011

Los evangelizadores

Existe de todo en este mundo, pero sobre todo, existe un tipo de persona que se me pega siempre: el puto evangelizador. Este es el que cree todavía en el amor a primera vista, el que te dice la segunda vez que te lo encontrás que se quiere casar con vos. Es el puto evangelizador, el que pretende en dos segundos estar en el altar y tener hijos. Yo también fui uno de ellos en algún momento. Ahora me tomo las cosas con soda. Para que lo entiendan, me divierto. Eso de andar llorando por los rincones por un amor de dos días es lo más patético que puede pasar. Las personas que se creen desdichadas por eso no merecen mi respeto.

Un martes viajé a Capital por cuestiones personales, tenía que ir a Belgrano, a casa de unos amigos, a buscar unas cosas. De paso, para pasar el rato, hago una cita con un pibe que encontré en mi msn y que ni sé de dónde lo saqué. El pibe me pasó su perfil de gaydar y no me pareció feo, es más, tiene en las fotos y en la realidad un porte importante.

Nos sentamos en un bar a tomar café con tostados, todo invitación de Mariano. Nos ponemos a charlar. Él saca su netbook y se pone a hacer cosas del trabajo. Me abraza y me empieza a besar hasta que llegamos a un punto de calentura bastante importante. Obviamente, el mozo viene a pararnos el carro y con razón, estábamos haciendo un escándalo. Mucho no me preocupa. Cuando tenía 20 años me echaron de un bar por tranzar con un pibe y el patovica me gritó de todo menos bonito, a los 22 mi hermano casi me cuelga cuando, un día, voy a la pileta de su casa con un chonguito y terminamos muy calientes besándono en la pileta. Es decir, no me asusta el escándalo. Es más, me causa gracia. Pero también creo que es algo pasado de moda en mí. Prefiero la charla tranquila y amena con, a lo sumo, dos manos entrelazadas. Cuestiones de edades me parece porque este chico no pasaba los 22.

Salimos del bar y me acompaña hasta Once a tomarme el colectivo a Luján. En la parada de colectivo le pongo el primer obstáculo: “tranquilizate, no me des besos que puede haber conocidos”. El chico se intimida un poco pero puede seguir las reglas del juego. No para de decirme que le encanto y me ofrece irme a vivir con él (¡la primera vez que lo veo!). Obviamente mis si son como puntos suspensivos. Le pido que vaya despacio, no me escucha, no puede.

El miércoles a la noche lo tengo en Luján. Mis viejos se fueron de mi casa y estoy solo. Necesito afecto y lo llamo. Uno a veces hace cosas simplemente por no pasar una noche en soledad pero los otros no lo entienden de esa manera. El pibe llega y me da un discurso sobre todo lo que me extraño (pasaron menos de 24 horas desde que nos despedimos), sobre el amor y lo fuerte que sentía el amor por mí. Cogemos y no la pasamos mal. No es un mal pibe pero me doy cuenta en ese momento que todo lo que hice fue un error, no hay que darle de comer al que todavía no sacó los dientes de vampiro. Cuando acabamos me acuesto, como el cliché que soy, en la cama y me enciendo un cigarrillo. En mi silencio, después de acabar, soy feliz. Pero él no, quiere llenarlo todo con palabras y me doy cuenta de eso. Empieza a exasperarme con su pregunta “¿Qué pensas?” y “¿Qué pasa por tu cabeza?”. Chicos, si cogen, no hagan nunca esas preguntas. Si no cogen, tampoco las hagan. Son las preguntas más hincha pelotas que alguien puede merecerse y más si está tranquilo después de la petit mort. No jodan con eso. No hay respuesta para esas preguntas. Es simple la respuesta: “Nada, no me pasa nada” pero los que la hacen no se conforman con eso quieren que uno haga diván con el otro y, para eso, uno tiene a su psicoanalista. Para no andar contando que le pase por la cabeza a su pareja o a su amigo o a quién sea. No jodan con querer analizar a la pareja, no lo van a lograr. Como dice Depeche mode, disfruten del silencio.

Entonces, este evangelizador empieza por ahí: primero, queriéndose casar a los dos minutos, cuando la realidad le muestra que lo cotidiano siempre es más lento y doloroso, siempre se tarda más en hacer realidad lo que uno proyecta, cae en una desesperación cuyo único consuelo es intentar poseer ya no al otro (como una propiedad privada, como un objeto de consumo) sino su fluir del inconsciente. Nada más burdo, nada más banal, nada más naïf para una segunda vez.

Me canso, me canso por repetición, porque la época del “¿En que pensas?” la pasé con mi ex y no la quiero volver a pasar. Dormimos y, a la mañana del jueves, lo despido de manera lamentable en la parada de colectivo.